La gaviota

La gaviota

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—A ti te toca, Ramón Pérez; echa una copla, y no guardes tu voz para mejor ocasión.

Ramón cantó:

Para bien a la novia

le rindo y traigo.

Pero al novio no puedo,

sino envidiarlo.

—¡Bien, salero! —gritaron todos—. Ahora el fandango, y a bailar.

Al oír el preludio del baile eminentemente nacional, un hombre y una mujer se pusieron simultáneamente en pie, colocándose uno enfrente de otro. Sus graciosos movimientos se ejecutaban casi sin mudar de sitio, con un elegante balanceo de cuerpo, y marcando el compás con el alegre repiqueteo de las castañuelas. Al cabo de un rato, los dos bailarines cedían sus puestos a otros dos, que se les ponían delante, retirándose los dos primeros. Esta operación se repetía muchas veces, según la costumbre del país.

Entre tanto, el guitarrista cantaba:

Por el sí que dio la niña

a la entrada de la iglesia,

por el sí que dio la niña,

entró libre, y salió presa.


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