La gaviota
La gaviota Pero volvamos a las hermosas cercanÃas de Villamar, donde nos esperan aquellas buenas gentes tan superiormente pintadas: la tÃa MarÃa, Dolores, Manuel, don Modesto Guerrero, Rosa MÃstica, Momo y el hermano Gabriel. No acertamos nosotros a explicar el deleite que nos producen aquellas dulces y apacibles escenas que pasan en el ex convento, ni a encarecer la vehemencia con que nos hacemos ilusión de que todo aquello es verdad. Se nos figura asistir a aquellas pacÃficas reuniones de familia, amenizadas con las sanas sentencias de la tÃa MarÃa, con los saladÃsimos cuentos del inagotable Manuel, y con las monadas infantiles de AnÃs y de Manolito; creemos ver al bienaventurado hermano Gabriel, tan sobrio de palabras, tan rico de lealtad y obediencia perruna a la tÃa MarÃa, tejiendo sus espuertas o rezando su rosario en un rincón de la estancia. Viva antÃtesis de aquel bendito, vemos a Momo el malo y el tonto, pero tonto a la manera particular que tienen de serlo los gansos de AndalucÃa, es decir, tonto con mucho talento, dÃganlo sus réplicas, tales que sólo a él pudieran ocurrÃrsele. Asà son todos aquellos llamados tontos: a cada paso le dejan a uno parado con sus razones, de una sensatez, y al mismo tiempo, de una originalidad pasmosas. La hermosa y serena figura de Stein ilumina con un destello de alta poesÃa este cuadro que ya por sà tiene tanta —pero una poesÃa puramente popular—, la que a cada paso, en cada venta, en cada cabaña, en cada calle nos presentan nuestras pintorescas poblaciones meridionales. No es, sin embargo, Stein un alemanuco lánguido, etéreo e inútil, como los que se imaginan los malos poetas; su poesÃa es, digámoslo asÃ, práctica —es la poesÃa de la rectitud, de la probidad y de la nobleza del alma—. FrÃa e indiferente a aquel cuadro de Ãntima felicidad que su alma adusta y vulgar no comprende ni ama, animados sus hermosos ojos negros de un fuego sombrÃo, Marisalada parece absorta en malos pensamientos, y como reconcentrada en el vago deseo de otra existencia. Ni la exaltada ternura de su anciano padre, ni el puro amor de Stein bastan a llenar aquel corazón cerrado a los blandos halagos de la familia y del deber. Una de las más vigorosas figuras de esta novela es la del viejo marino Santaló, corazón de cera en un cuerpo de hierro. Es imposible dejar de amar a aquel hombre tan bueno y tan amoroso bajo su ruda corteza, y en quien vemos reunidas en el más alto punto la fuerza fÃsica con todas las deliciosas debilidades del amor paternal, llevado hasta el fanatismo, hasta el increÃble delirio de una madre. Tieso como un huso, don Modesto Guerrero lamenta el completo abandono en que su gobierno imprevisor deja al importante castillo de San Cristóbal, y el lector no puede menos de mirar con viva simpatÃa aquellas dos nobles ruinas, el castillo y su comandante. La buena Dolores, tipo de mujer del pueblo, sumisa, laboriosa, atenta al bienestar común, es como el alma de aquellas reuniones, en las que, sin embargo, rara vez se oye su voz, ni interviene su voluntad; pero está en todo; es el centro de aquella reducida esfera, el lazo que une a todas aquellas almas; es la esposa y la madre, la buena esposa y la buena madre, luz y calor del hogar doméstico. Para que aquella reunión de personajes amados del lector fuese completa, quisiéramos ver en ella alguna vez a la excelente patrona del comandante; pero mejor pensado, sin duda ha andado discreto el autor en apartar de aquel dulce cuadro de familia la figura triste y grotesca al mismo tiempo de Rosa MÃstica, como para indicar que la soledad y el aislamiento son el patrimonio fatal de esas pobres mujeres, gremio por lo común ridÃculo y casi siempre digno de lástima, a quienes el desdén de los hombres ha condenado, según la expresión vulgar, a vestir imágenes. Rosa MÃstica es un tipo excelente de la vieja soltera, carácter acre, rÃgido, descontento de los demás y de sà mismo, adusto en el fondo, y, sin embargo, tan cómico como los buenos caracteres de Sheridan, de cuyo género parece haberse inspirado el autor para la pintura de este personaje, uno de los mejores de su novela. Rosa MÃstica yendo a misa al lado de Turris DavÃdica es una deliciosa caricatura, cuyo espectáculo envidiamos a la gente alegre de Villamar.