La gaviota
La gaviota —Queriendo irse a Madrid —continuó Rafael—, y sabiendo que la diligencia tenÃa el mal gusto de llevar escolta, se decidió a irse en el carro del correo. Todos mis argumentos para disuadirle fueron inútiles. Partió en efecto, y más allá de Córdoba, sus ardientes deseos se realizaron. Encontró ladrones; pero no ladrones de buen tono, no ladrones fashionables como José MarÃa, que parecÃa una ascua de oro, montado en su brioso alazán. Eran ladrones de poco más o menos: pedestres, comunes y vulgares. Ya sabéis lo que es ser vulgar en Inglaterra. No hay apestado, no hay leproso que inspire a un inglés tanto horror como lo que es vulgar. ¡Vulgar! A esta palabra, Albión se cubre de su más espesa neblina; los dandys caen en el spleen más negro; las ladys se llenan de diablos azules[23] las mises sienten bascas, y las modistas se tocan de los nervios. No es extraño, pues, que ErÃn se creyese degradado, dejándose robar por ladrones vulgares; y asà es que se defendió como un león. No defendÃa, sin embargo, su tesoro, pues me lo habÃa confiado hasta su vuelta, y lo que de él tenÃa en más estima, consistÃa en una rama del sauce que cubrÃa el sepulcro de Napoleón, un zapato de raso de una bolera, tamaño como una nuez, y una colección de caricaturas de lord W…, su tÃo.
—Eso pinta al hombre —dijo el general.
—Pero yo no hago más que charlar —dijo Rafael—. Adiós, prima. Me voy y me quedo.