La gaviota
La gaviota —¿Y qué? ¿Te vas, dejando al pobre ErÃn en manos de los ladrones? Es preciso que acabes tu relación —dijo la condesa.
—Pues bien —continuó Rafael—, os diré en dos palabras que los ladrones exasperados le maltrataron y dejaron sin conocimiento, atado a un árbol, donde le halló una pobre vieja, quien hizo le llevasen a su choza y allà le cuidó como una madre durante una enfermedad que le resultó del lance. Yo estuve algún tiempo sin tener noticias suyas; y como se dice vulgarmente que la esperanza era verde y se la comió un borrico, ya iba creyendo que la misma desgracia habÃa acontecido a mi verde ErÃn, cuando me escribió contándome lo ocurrido. Me encargaba que diese diez mil reales a la mujer que le habÃa salvado y cuidado, sin tener la menor idea de quién podrÃa ser, porque su traje, cuando lo descubrieron, era el mismo con que su madre lo parió. La recompensa era, como veis, decente; porque es menester ser justos; nadie puede negar que los ingleses son generosos. Pero aquà viene Polo con una elegÃa en los ojos. El prÃncipe me aguarda. Me voy corriendo, aunque me caiga.
Con esto desapareció.
—¡Jesús! —dijo la marquesa—. Rafael me marea; parece hecho de rabos de lagartijas. Se mueve tanto, gesticula tanto, charla tan sin cesar y tan deprisa, que me quedo en ayunas de la mitad de las cosas que dice.
—Poco pierdes —dijo el general.