La gaviota
La gaviota Esas peculiaridades del canto y del baile nacional de que hemos hablado, podrÃan parecer de mal gusto y lo serÃan ciertamente en otros paÃses. Para entregarse sin reserva a las impresiones que llevan consigo nuestras tonadas y nuestros bailes, es preciso un carácter como el nuestro; es preciso que la groserÃa y la vulgaridad sean, como lo son en este paÃs, dos cosas desconocidas; dos cosas que no existen. Un español puede ser insolente; pero rara vez grosero, porque es contra su natural. Vive siempre a sus anchas, siguiendo su inspiración, que suele ser acertada y fina. He aquà lo que da al español, aunque su educación se haya descuidado, esa naturalidad fina, esa elegante franqueza que hace tan agradable su trato.
MarÃa salió de casa de la condesa tan pálida e impasible como en ella habÃa entrado.
Cuando la condesa quedó sola con los suyos, dijo con aire de triunfo a Rafael:
—Y ahora, ¿qué dices, mi querido primo?
—Digo —contestó Rafael— que el gorjeo es mejor que la pluma.
—¡Qué ojos! —exclamó la condesa.
—Parecen —dijo Rafael— dos brillantes negros en un estuche de cuero de Rusia.
—Es grave —dijo la condesa—; pero no engreÃda.