La gaviota

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—Pepe, no eres capaz de hacer lo que dices. ¡Sería una infamia!

—La infamia sería —dijo Pepe Vera, plantándose delante de María con los brazos cruzados— que cuando yo voy a exponer mi vida, en lugar de estar tú allí para animarme con tu presencia, te quedases en tu casa, para recibir al duque con toda libertad, bajo el pretexto de estar resfriada.

—¡Siempre el mismo tema! —dijo María—. ¿No te basta haber estado espiando oculto en mi cuarto, para convencerte por tus mismos ojos de que entre el duque y yo no hay nada? Sabes que lo que le gusta en mí es la voz, no mi persona. En cuanto a mí, bien sabes…

—¡Lo que yo sé —dijo Pepe Vera— es que me tienes miedo!, ¡y haces bien, por vida mía! Pero Dios sabe lo que puede suceder, quedándote sola y segura de que no puedo sorprenderte. No me fío de ninguna mujer; ni de mi madre.

—¡Miedo yo! —replicó María—. ¡Yo!

Pero sin dejarla hablar, Pepe Vera continuó:

—¿Me crees tan ciego que no vea lo que pasa? ¿No sé yo que le estás haciendo buena cara, porque se te ha puesto en el testuz que ese desaborido de tu marido tenga los honores de cirujano de la reina, como acabo de saberlo de buena tinta?

—¡Mentira! —gritó María con toda su ronquera.


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