La gaviota
La gaviota —Esa es una historia lamentable —dijo la condesa—. Se casó en secreto con un aventurero francés que se decÃa primo del prÃncipe de Rohan, colaborador de Dumas, enviado por el barón Taylor para comprar curiosidades artÃsticas, y que por desgracia se llamaba Abelardo. Ella encontró en su nombre y en el de su amante la indicación de su unión marcada por el destino. En él vio un hombre que era al mismo tiempo literato, artista y de familia de prÃncipes, y creyó haber encontrado el ser ideal que habÃa visto en sus dorados ensueños. A sus padres, que se oponÃan a aquella unión, los miraba como tiranos de melodrama, de ideas atrasadas y sumisos en el oscurantismo…
—Y en el españolismo —añadió el general en tono de ironÃa—. Y la señorita ilustrada, nutrida de novelas y de poesÃas lloronas, se unió con aquel gran bribón, casado ya dos veces, como después lo supimos. Pasados algunos meses, y después de haber gastado todo el dinero que ella le llevó, la abandonó en Valencia, adonde fue a buscarla su desventurado padre, para traerla deshonrada, ni casada, ni viuda, ni soltera. Ved ahÃ, sobrinos mÃos, adónde conduce el extranjerismo exagerado y falso.
—Rafael, tú habrÃas podido ahorrarle sus desgracias —dijo la condesa.
—¡Yo! —exclamó su primo.