La gaviota
La gaviota —SÃ, tú —continuó Gracia—. Tú sabes muy bien cuánto te estimaba y cuánto precio daba a tu opinión.
—Sà —dijo el general—, porque merecÃas la de los extranjeros.
—Hablando de otra cosa, ¿qué es de nuestro punto de admiración, el insigne A. Polo de Mármol de los Cementerios? —preguntó Arias.
—Se ha metido a hombre polÃtico —respondió Gracia.
—Ya lo sé —dijo Rafael—; ya sé que ha escrito una oda contra el trono bajo el seudónimo de la TiranÃa.
—¡Pobre tiranÃa! —dijo el general—; de árbol caÃdo todos hacen leña: ¡ya recibió la coz del asno!
—Ya sé —prosiguió Rafael— que escribió otro poema contra las preocupaciones, contando entre ellas el presagio fatal que se atribuye al número 13, la infalibilidad del papa, el vuelco de un salero y la fidelidad conyugal.
—¡Vaya, Rafael! —exclamó la condesa riéndose—, que no ha dicho nada de eso.
—Si no son las mismas palabras —dijo Rafael—, tal es poco más o menos el espÃritu de aquella obra maestra, la cual será clasificada por la opinión…