La gaviota
La gaviota La tÃa MarÃa y el hermano Gabriel se esmeraban a cual más en cuidar al enfermo; pero discordaban en cuanto al método que debÃa emplearse en su curación. La tÃa MarÃa, sin haber leÃdo a Brown, estaba por los caldos sustanciosos y los confortantes tónicos, porque decÃa que estaba muy débil y muy extenuado. Fray Gabriel, sin haber oÃdo el nombre de Broussais, querÃa refrescos y temperantes, porque, en su opinión, habÃa fiebre cerebral, la sangre estaba inflamada y la piel ardÃa.
Los dos tenÃan razón; y del doble sistema, compuesto de los caldos de la tÃa MarÃa y de las limonadas del hermano Gabriel, resultó que Stein recobró la vida y la salud el mismo dÃa en que la buena mujer mató la última gallina, y el hermano cogÃa el último limón del árbol.
—Hermano Gabriel —dijo la tÃa MarÃa—, ¿qué casta de pájaro cree usted que será nuestro enfermo? ¿Militar?
—Bien podrá ser que sea militar —contestó fray Gabriel, el cual, excepto en puntos de medicina y de horticultura, estaba acostumbrado a mirar a la tÃa MarÃa como a un oráculo, y a no tener otra opinión que la suya, lo mismo que habÃa hecho con el prior de su convento. Asà que casi maquinalmente, repetÃa siempre lo que la buena anciana decÃa.
