La gaviota
La gaviota —No puede ser —prosiguió la tÃa MarÃa, meneando la cabeza—. Si fuera militar, tendrÃa armas, y no las tiene. Es verdad que al doblar su levitón para quitarlo de en medio, hallé en el bolsillo una cosa a modo de pistola; pero al examinarla con el mayor cuidado, por si acaso, vine a caer en que no era pistola, sino flauta. Luego no es militar.
—No puede ser militar —repitió el hermano Gabriel.
—¿Si será un contrabandista?
—¡Puede ser que sea un contrabandista! —dijo el buen lego.
—Pero no —repuso la anciana—, porque para hacer el contrabando es preciso tener géneros o dineros, y él no tiene ni lo uno ni lo otro.
—Es verdad: ¡no puede ser contrabandista! —afirmó fray Gabriel.
—Hermano Gabriel, ¿a ver qué dicen los tÃtulos de esos libros?, puede ser que por ahà saquemos cuál es su oficio.
El hermano se levantó, tomó sus espejuelos engarzados en cuerno, los colocó sobre la nariz, echó mano al paquete de libros, y aproximándose a la ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo rato examinándolos.
—Hermano Gabriel —dijo al cabo la tÃa MarÃa—. ¿Se le ha olvidado a usted el leer?