El Alcalde de Zalamea
El Alcalde de Zalamea fue el primero que en sus brazos
me cogió, mientras le hacías
espaldas otros traidores,
que la bandera militan.
Aquese intricado, oculto
monte que está a la salida
del lugar, fue su sagrado.
¿Cuándo de la tiranía
no son sagrados los montes?
Aquí ajena de mí misma
dos veces me miré, cuando
aun tu voz, que me seguía,
me dejó, porque ya el viento
a quien tus acentos fías,
con la distancia, por puntos
adelgazándose iba;
de suerte, que las que eras
antes razones distintas,
no eran voces sino ríos;
luego en el viento esparcidas,
no eran voces, sino ecos
de una confusas noticias;
como aquel que oye un clarín,
que, cuando de él se retira,
le queda por mucho rato,
si no el ruido, la noticia.
El traidor pues, en mirando