El Alcalde de Zalamea

El Alcalde de Zalamea

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que ya nadie hay quien le diga,

que ya nadie hay que me ampara,

porque hasta la luna misma

ocultó entre pardas sombras,

o cruel o vengativa,

aquella, ¡ay de mí!, prestada

luz, que del sol participa,

pretendió, ¡ay de mí otra vez

y otras mil!, con fementidas

palabras, buscar disculpa

a su amor. ¿A quién no admira

querer de un instante a otro

hacer la ofensa caricia?

¡Mal hay el hombre, mal haya

el hombre que solicita

por fuerza ganar un alma!

Pues no advierte, pues no mira,

que las victorias de amor

no hay trofeo en que consistan,

sino en granjear el cariño

de la hermosura que estiman;

porque querer sin el alma

una hermosura ofendida,

es querer una belleza

hermosa, pero no viva.

¡Qué ruegos, qué sentimientos,

ya de humilde, ya de altiva,


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