La barra de los tres golpes

La barra de los tres golpes

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Por insensible que se fuera, no podía dejar de doler su desgracia; sí bien en alguna oportunidades había hechos que por lo absurdo provocaban risa, era ésta producto de un movimiento reflejo, incontrolable, que luego dejaba un sentimiento de amargura y de pesar. Porque en lo íntimo de cada uno había un sentido agudo de respetuoso dolor hacia ese hombre que luchaba con la vida, que no perdía el sentido de lo estético, que sabía vibrar con la emoción de la belleza. Su ceguera no podía ser motivo de lástima, porque hombres de ese temple no pueden ser disminuidos por un sentimiento de conmiseración; siéntese hacia ellos el respeto debido al que baja a la arena a luchar sin armas, sin más fuerza que una voluntad de hierro y un anhelo de superación de su propio infortunio.

A nadie se le ocurría que fuera un mérito bromear en su clase. No era digno, en ningún momento, ni siquiera como jarana, admitía un pacto innoble. Si había risas en esa hora debíase a que el ambiente mismo del aula tenía en continua tensión a todos los asistentes; pero faltaba lo fundamental: el propósito deliberado, el ánimo de bromear.




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