La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes La caída de Yrigoyen produjo enorme júbilo popular. Hubo exaltados -tal vez los mismos que meses antes se desgañitaban repitiendo su nombre- que tiraron al suelo bustos del ex presidente arrastrándolos como despojos. Las multitudes tienen una psicosis especial y nadie conoce su reacción porque no piensan, no tienen alma ni discernimiento y viven en un estado de locura. Con el mismo fervor con que se arrodillan ante un templo, pueden quemarlo después y asesinar a los hombres ante quienes se hubiesen prosternado servilmente. Así como ahora lo despreciaban, en octubre de 1916, luego de su primera elección, habían desuncido los corceles de su carruaje y lo empujaban por las calles tirando de él en lugar de los caballos.
Sólo los exaltados son capaces de actos extremos, pues los hombres que piensan tienen serenidad para criticar y para comprender, sin las excitaciones natural de mentes de tanta ofuscación.
La alegría del derrocamiento no duró mucho. Poco meses después tocaba a los estudiantes iniciar otra etapa de lucha, pero esta vez más dura y sangrienta, contra la dictadura, llenando cárceles, sufriendo torturas, sacrificando su vida.