La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes Otra vez me tocó preparar ácido clorhídrico, con la ayuda de Julio L. Vázquez. Resultó muy cómico porque como éste odiaba de alma las operaciones riesgosas y su felicidad aumentaba en forma directamente proporcional con la seguridad, cuando Morera pidió que abriera la llave de gas, pues yo tenía las manos ocupadas con un matraz, alguien gritó: "¡Cuidado que salta!", y quien saltó, hacia su banco, fue el flamante auxiliar de laboratorio, entre las carcajadas del todos.
Vázquez tenía chispa y hacía reír en buena ley. Ignoraba el inglés y con lealtad a sus sentimientos, lo proclamaba. El titular del idioma, doctor Vallejo, joven que aparentaba unos veinticinco o veintiséis años, de pronunciación tan veloz que a menudo no se le escuchaba más que la mitad de las palabras, lo había clasificado con la nota máxima del primer bimestre: un siete, compartido con Souza, el mejor alumno en lenguas. La nota, lejos de disgustar por la evidente injusticia, fue un motivo de satisfacción ara todos, Meses después, ante las pésimas respuestas de Vazquez a las preguntas de Va1lejo, éste lo miraba so rendido re asaba su cuaderno de notas y cuando se cercioró de la absoluta certeza, no pudo aguantar más y le preguntó: “Dígame, ¡yo a usted le puse siete punto?”.
Vázquez al frente, en inglés, significada fiesta segura; hasta fue necesaria la intervención del profesor amenazando con echar a los que reirán.