La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes Diferenciábase nítidamente de todos sus colegas el profesor de Taquigrafía, doctor C. Joven, elegante, de mediana estatura, cabeza grande y mirada huidiza, resultaba, de primera impresión, una fiera, el terror de la escuela; pero el que lo conocía y sabía el remedio, cambiaba una suspensión por una buena nota o un cero por un diez.
Gritaba; pero una voz un poco más fuerte que la suya, transformaba el tempestuoso mar en un lago de aguas quietas.
El más ilustre bromista fue Francisco Álvarez. Flaco, alto, de ojos vivarachos, lograba adoptar actitudes de idiota a la perfección; repentinamente atendía con cara de tonto o formulaba las preguntas más necias con los gestos más absurdos. Silbaba delante de él, una, dos, diez veces; y cuando el profesor, harto, gritaba: “¿ Quién silba?”, respondía con el mayor desparpajo: “Son los de la mañana, señor”. ¡Los de la mañana!. Y la luna soberana en el cielo, indicaba que faltaban todavía muchas horas para el amanecer. "¿Quién silba", respondía con el mayor desparpajo"Son los de la ma'nana, se'no?5. ¡Los de la manana! Y la luna,