La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes Siguieron otros gritos: "¡Viva Medrano!" “¡Abajo el Director!” "Viva la Escuela de Comercio". Después salieron disparando, cruzando Charcas y enfilando por Callao hacía el sur, llegando hasta Lavalle, donde se dividieron en sectores para tomar un tranvía Lacroze hasta el Balneario, tradicional excursión de fin de año.
En cada esquina subió un grupo de tres o cuatro: en Lavalle y Callao, en Lavalle y Rodríguez Peña, en Lavalle y Montevideo, etc. Cuando llegaba el guarda todos se peleaban por pagar:
-¡Pago yo!
-¡No faltaba más! ¡Pago yo!
-¡De ningún modo! ¡Hoy me toca pagar a mí!
-¡Hombre, el que paga aquí soy yo!
En esa amistosa discusión respecto a quien abonaría el boleto, llegaron hasta la próxima esquina. Allí subieron los del otro grupo y comenzaron a saludarse, abrazarse, a preguntar por las familias, como si hubieran transcurrido siglos desde la última visita.
El guarda, ajeno a tanto cariño, seguía alargando la tira de boletos; los muchachos reanudaron la discusión relativa a quien tenía el derecho y el honor de pagar; pero cuando aquél se dio cuenta de la broma comenzó a agitar la pesada maquinita y convenció fácilmente a todos respecto a las ventajas físicas que lea reportaba posponer para otro momento y ante otros testigos, las demostraciones de afecto y la primacía del pago.