La barra de los tres golpes

La barra de los tres golpes

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Las peripecias del Balneario fueron múltiples, inenarrables. Hay hechos que no pueden relatarse: sólo se siente el sabor de vivirlos, porque la gracia reside en el clima mismo de su realización, en el momento psicológico reinante y la suma de acontecimientos que configuran su clima. Referidos, aún con las palabras más vivaces, no alcanzan a trasmitir su peculiar vigor.

Muchos había avanzado la madrugada cuando decidimos el regreso. Pocas horas faltaban para la otra celebración tradicional: el banquete en el Volta.

Fijóse como punto de concentración la Escuela. Unos quince aproximadamente, nos incrustamos en un taxímetro y fuímos al restaurant de la calle Carabelas. En la mitad del camino divisamos a Garrone caminando por la calle. Verlo y gritar: "¡Garrone! ¡Petizo! ¡Viva la patria!" fue instantáneo.

El nombrado se dio vuelta como tocado por mil resortes, giró rápidamente sobre sus talones buscando en vano el lugar desde donde partieron los gritos; sólo alcanzó a divisar un auto en cuyo interior mezclábanse aullidos y voces.

Por casualidad reuníanse aquella noche en el mismo lugar dos promociones de Peritos Mercantiles. Los flamantes de 1932 y los veteranos de 1930. Los del bienio anterior ocupaban un salón alto; los otros, el piso de abajo.


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