La barra de los tres golpes

La barra de los tres golpes

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Se apreciaba la diferencia entre la noche y el día porque en éste la luz provenía del sol; y en aquélla, casi con igual intensidad, de millares de lamparillas eléctricas. Pero el movimiento de la gente decrecía relativamente poco con el avance de la madrugada y, por momentos, después de media noche, entre los vehículos que circulaban y la gente que salía de teatros, cines y confiterías, había tal aglomeración que el tránsito tornábase imposible.

 

A la calle Corrientes, en las cuadras comprendidas entre Callao y Maipú, nos dirigíamos en el taxi que adquiría rara similitud con una lata de sardinas vista con vidrio de aumento. Cuando el auto se detenía frente a un teatro, el descenso de sus ocupantes constituía todo un espectáculo y en pocos minutos se aglomeraban los transeúntes para contemplar un raro fenómeno de elasticidad: no podían comprender cómo de la caja interior de un coche pudiera salir tanta gente. Contaban: seis, siete, ocho, nueve, diez.... parecía que ya no había más pero seguían saliendo aquellos que recién podían levantarse para bajar; y contaban ... trece, catorce, quince ... por fin, salía el último: ¡ 16 ... !

 


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