Quicksilver
Quicksilver Un eco distorsionado. Un alma fragmentada que contiene todo lo que ella podría llegar a ser si cede al poder sin límites. La alquimista perfecta. La asesina definitiva. La que no ama, no recuerda, no duda.
La puerta no era física. Era simbólica. Y lo que debía abrir no era un paso… sino su voluntad.
Pero entonces recuerda: a su madre, ahogándose en sangre. A Hayden, riendo entre ruinas. A Dairon, diciendo su nombre como si lo salvara.
Con un grito, canaliza todo el poder del guantelete y lo vuelve contra la puerta. No para abrirla, sino para encerrarla. Reescribe el sello con su propia sangre, convirtiéndose en el nuevo ancla de Ajun. Y el abismo responde. Tiembla. Grita. Pero cede.
La explosión de magia la lanza inconsciente, y durante días, flota entre mundos.
Cuando despierta, Dairon está junto a ella, herido. La guerra ha comenzado sin ellos. Yvelia arde. Madra ha cruzado el umbral, usando a Carrion y su red de mercenarios como avanzada.
—No hay tiempo para curarte —dice él, envolviéndola en su abrigo ensangrentado—. Pero aún puedes detenerla.
Saeris, tambaleante, acepta su papel.
Ya no huye.
Ya no niega.
El corazón del abismo no era la puerta.