Quicksilver
Quicksilver La ciudad la recibe de nuevo con su hedor a muerte y desesperación. Se refugia en el taller de Elroy, viejo vidriero y figura paterna postiza. Cuando él ve el guantelete, palidece. —¿En qué demonios estabas pensando? —le grita. Le ruega que lo deseche. Saeris se niega. Ese trozo de metal es su oportunidad. Una sola chispa de oro en un mundo de mugre y hambre.
Pero lo que Saeris no sabe es que ese guantelete no es solo una pieza de armadura. Es una llave. Una trampa. Un vestigio de un poder antiguo que no pertenece a este mundo.
Las primeras fisuras de su realidad empiezan a abrirse.
Y no hay marcha atrás.
La arena del desierto aún arde bajo sus pies cuando Saeris decide lo impensable: fundir el guantelete. No para venderlo, sino para transformarlo. Usarlo. Domarlo. Pero el metal no se deja. Vibra. Gime. Canta en lenguas que ningún herrero de Zilvaren podrÃa entender. El taller de Elroy se convierte en un santuario de tensiones. —Esto no es oro común —susurra él, con los ojos clavados en las runas que empiezan a emerger del guante—. Esto… está vivo.
