Quicksilver
Quicksilver Mientras tanto, Hayden, su hermano menor, reaparece cubierto de sangre, echado en la arena frente a la Casa de Kala, una taberna donde los sueños van a morir. Ha vuelto a apostar. Ha vuelto a perder. Y Saeris, como siempre, recoge los pedazos. El guantelete oculto en una bolsa de tela se vuelve una carga invisible, demasiado valiosa, demasiado maldita.
Esa noche, en una habitación polvorienta sobre un burdel, Saeris duerme con el guantelete bajo la almohada. Pero los sueños no son suyos. Voces que no pertenecen a este mundo la llaman. La arena se transforma en hielo. La ciudad en ruinas blancas. Ella se ve a sí misma, vestida de escarcha, rodeada de ojos brillantes como estrellas muertas.
Despierta empapada en sudor. La realidad se ha desgarrado.
Al día siguiente, mientras explora los bajos fondos para intercambiar información sobre el guantelete, se cruza con Carrion Swift, contrabandista, ex amante y traidor. Carrion lo sabe. Lo huele. —Lo que llevas ahí… no es solo oro. Es condena.
Esa misma noche, en la forja de Elroy, intenta una última vez fundir el guantelete. Lo introduce al horno. Las llamas muerden el metal. Y entonces ocurre.
Un destello. Un grito que no proviene de su garganta sino del universo mismo. El fuego se congela. El mundo se pliega. El guantelete explota en una luz líquida.
