En la sangre
En la sangre Aunque no, no era ilusión, no se equivocaba esa vez, lo miraba, lo había mirado, estaba seguro, segurísimo; al pasear como distraída la vista en torno de la sala, un instante, un instante imperceptible la había detenido en él.
Y si la sombra de una duda hubiese persistido aun en la mente de Genaro, poco habría tardado en disiparse.
Sí, claramente lo daba a conocer, todo en ella lo revelaba, el color encendido de su piel, la nerviosa inquietud de su persona, el movimiento involuntario de sus ojos; sí, comprendía ahora, sabía, y, en su ignorancia de niña, en su inocencia de virgen, iba acaso a imaginarse que había en el mundo un hombre que la quería.