En la sangre
En la sangre ¡Oh! ¡Pero no se había de declarar vencido él por tan poco, no era hombre él de dar su brazo a torcer así no más, a dos tirones!; pobre porfiado sacaba mendrugo, se le había metido entre ceja y ceja la cosa y tanto y tanto había de hacer, que había de salirse con la suya, que tenía que caer, que hocicar a la larga la muy bellaca.
Una noche, en efecto, en momentos de volverse ella sobre su asiento a fin de escuchar de cerca algo que la madre le decía, creyó Genaro notar que se había encontrado de pronto con su anteojo. Hasta le pareció como que se hubiese inmutado, desviando, apartando la mirada bruscamente.
¿Sería cierto, sería verdad, o era un engaño el suyo?, llegó en la duda a preguntarse, no sin sentir él mismo que ligera emoción lo dominaba.
Vería, no tendría mucho que aguardar para saber a qué atenerse; ya que no otro sentimiento, la sola curiosidad debía llevarla a dirigir de nuevo los ojos hacia él... o dejaría de ser mujer.
Esperó largo rato pero en vano; atenta, inmóvil, la escena como de costumbre parecía absorberla.
Se la había pisado... no había más... error de óptica, sin duda... ¡paciencia y barajar!...