En la sangre

En la sangre

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Oíalo Genaro en silencio; alterado, palpitante el pecho, arrebatado el rostro por el fuego de su sangre; un malestar, un amargo desencanto lo invadía; veía remotas, perdidas ya sus esperanzas; le parecía insensata ahora, temeraria su aspiración. Que lo aceptasen a él, él imponerse, él querer hacerse gente... ¡Cómo, un instante siquiera, había podido caber semejante absurdo en su cabeza!... ¡debía haber estado ido o loco!...

-Ahora, -prosiguió, sin embargo, el otro- cuando somos nosotros los que dirigimos el pandero, la cosa varía de aspecto.

Como no nos causa mucha gracia que digamos pasar el tiempo leyendo diarios y jugando al mus, al chaquete y al billar con una punta de vejestorios, como, ante todo, lo que queremos es armarla, poder pegarle, noche a noche si a mano viene, jarana, diversión, batuque, lo primero que se nos ocurre, en cuanto empuñamos las riendas del gobierno, es abrir de par en par las dos hojas de la puerta y que vaya entrando gente, la muchachada, el elemento nuevo y de acción, ¡los de hacha y tiza!...

Pero y usted amigo, ¿qué hace, por qué no se anima y se presenta usted también?

-¡Dios me libre! -soltó Genaro con voz precipitada, bajo la impresión aún de las primeras palabras de su compañero, brotando de lo más íntimo de su alma aquella brusca exclamación.


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