En la sangre
En la sangre Le parecía oír el ruido, percibir el sonido seco, el golpe mate de las bolillas al caer, ver que abrían la urna, que salían negras aquellas, y la urna, las bolillas, la comisión erigida en tribunal, todo ese formulismo del secreto, todo ese aparato del voto, involuntariamente despertaba en él una reminiscencia: su examen, la otra urna, el otro tribunal, el robo que cometiera y que había quedado impune. Si la iría a pagar con réditos de esa hecha... Si habría justicia... ¿Si sería cierto que había Dios?...
Buscaba en vano tregua a su aflicción, en vano, hacía por no pensar, no recordar, por distraerse, por aturdirse siquiera y bebía, pedía Jerez, Oporto, Champagne en sus comidas.
Ni el vapor capitoso de los vinos, ni la camaradería bulliciosa de sus amigos, ni el vaivén, la confusión, el movimiento de las calles, la pública animación en los paseos, en los cafés, en los teatros, bastaban a arrancarlo de su hondo ensimismamiento; ni aun sus amores mismos, ni aun Máxima, con la que impensadamente, como al acaso, se encontraba, cuyos pasos seguía de una manera mezquina, por el hábito sólo, por la costumbre de seguirlos y en quien detenía como un autómata los ojos, a quien miraba sin ver, inconsciente, sin saber, absorto todo entero en la idea fija.