En la sangre

En la sangre

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Y eran, en presencia de alguna tímida y humilde reflexión, de alguna sombra de contrariedad o resistencia, los torpes y groseros estallidos, los juramentos soeces, las blasfemias, semejantes al gato que se encrespa y manotea al solo amago de verse arrebatar la presa que tiene entre las uñas.

Ella, sin embargo, mansamente resignada en todo lo que a su propia suerte se refería, luchaba, se rebelaba tratándose de su hijo; con esa clara intuición que comunican los secretos instintos del amor materno, día a día encarecía la necesidad de un cambio en la vida de Genaro, solicitaba, reclamaba del padre que el niño se educara, que fuese enviado a una escuela.

¿Qué iba a ser de él, qué porvenir la suerte le deparaba, abandonado así a su solo arbitrio?

Pero la escuela costaba, era indispensable entrar en gastos, comprar ropa, libros. Luego, yendo a la escuela, perdería el muchacho su tiempo, dejaría de hacer su día, de ganar su pan y todo ¿con qué miras, a objeto de qué?... ¿de saber leer y escribir?

«¡Bah!...», refunfuñaba con una mueca de desprecio el napolitano, nadie le había enseñado esas cosas a él... ¡ni maldita la falta que le habían hecho jamás!...

Nada, nada, que siguiera así, como iba, como hasta entonces, buscándose la vida, changando y vendiendo diarios, algo era algo...


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