En la sangre

En la sangre

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Y pobre, tirando lo poco que tenía, en camino de quedarse antes de mucho en media calle y rechazado ahora del Club, con esa vergüenza, con esa afrenta más sobre el alma, ¿le convenía dejarse andar, perdida la esperanza, además, la ocasión de acercarse a Máxima, de hablar con ella en los bailes?

Cuanto antes debía ver, debía tratar de metérseles a los viejos en la casa.

¿Cómo? No lo sabía. ¿Que alguien lo presentara? A nadie conocía que tuviera relación con la familia. ¿Buscar quién la tuviese? No, estaba curado, escamado ya; no quería exponerse a otro desaire, a sufrir un nuevo chasco.

Luego, ir así, hacerse llevar oficialmente, porque sí, acusaba ciertos aires, cierta dosis de vanidad, de pretensión, que bien podía perjudicarlo, colocarlo en mal punto de vista, en mal concepto a los ojos de la familia.

Entraría a indagar, naturalmente, a informarse, a temar, cavilar el viejo. Quién era el tipo, el quidam ése, qué quería, qué andaría buscando en su casa, no sería de fijo ni a él ni a su mujer sino a su hija, a la muchacha probablemente.

Y claro, no faltaría, como no faltaba nunca, un oficioso, un comedido que le fuese con el chisme y lo pusiese en autos.


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