En la sangre
En la sangre Sin duda, faltaba el rabo por desollar, había un peligro: corría el riesgo de que en un primer impulso, en un ímpetu de rabia fuese a romperle el alma el otro, aunque... ¿ni quién sabía tampoco, porque qué iba a sacar, qué iba a salir ganando, en fin de cuentas?
Tal vez no dejara de comprenderlo, lo pensase, lo meditase, lo mirase por ese lado y se viniese a las buenas.
Sobre todo, bien valía eso el bocado, la tajada que le iba a tocar a él... ¡eso y mucho más!
Pero, ciega la madre y descuidado, ausente casi de continuo el padre, idéntica entretanto la situación se prolongaba, libremente Máxima y Genaro se veían, en la casa, en la sala, solos, ocultos a los ojos de todos el secreto de sus amores.
Había llegado a notarla preocupada él, sin embargo, triste, callada, abatida por momentos, como cavilosa, como dominada por un íntimo y penoso sentimiento.
Había tratado de indagar de ella la causa: ¿no tenía nada, qué iba a tener? Estaba como siempre, cosas de él, se imaginaba no más.
La encontró pálida una vez y ojerosa, más pálida y ojerosa que de costumbre, hinchados, abotagados los ojos, los párpados encarnados, acababa evidentemente de llorar: