En la sangre
En la sangre
¡Floja, era una floja, una cobarde!; -exclamaba Genaro enrostrando a Máxima sus recelos, sus temores- ¡qué le daba por vivir así temblando, muerta de miedo! ¿Si nadie nunca había llegado a saber, si nada había sucedido hasta entonces, por qué había de suceder?
Bien lo veía ella que la señora se pasaba los años adentro, que valida de la confianza que le habían dado a él en la casa, hasta solía no salir ni a recibirlo, y que ahora especialmente, en la ciudad, era mil veces mejor, más seguro que en la quinta, más difícil que metidos allá, en los fondos, fuesen a espiar los sirvientes.
Dueño del campo; pudiendo hacerse fuerte con los viejos, se decía Genaro, siendo querida suya la muchacha, lo que era a él... ¡qué le importaba, a ver cómo no los pillaba el mismo padre, mejor, cuanto antes!
Justamente se iba quedando sin un cristo, iba corriendo burro todo cuanto tenía, con la vida de vago que llevaba; dos mensualidades había dejado ya de enviarle a la madre, y muy bien que le vendrían, como a un santo un par de velas, los pesos de su suegro.
Hasta ganas le daban de ponerlo él mismo en el secreto, de escribirle él un anónimo para que reventase la bomba de una vez.
