En la sangre

En la sangre

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-Es menester, es fuerza que concluya esto, sin embargo, -con un vivo movimiento de impaciencia, exclamó Genaro, y de pronto, levantándose, púsose a recorrer a largos pasos la sala- es ridículo, absurdo que te obstines de ese modo; sobre todo, necesito yo, quiero saber y no pido, exijo, que hables... ¿qué es lo que tienes?, contesta.

-¿Lo que tengo?... es que no tengo lo que tienen las mujeres -terminó por decir bruscamente Máxima, como haciendo un enorme esfuerzo, cubriéndose con el pañuelo, el rostro, ahogada la voz entre sollozos.

-¿Lo que no tienen las mujeres?...

-Desde... hace... tres meses.

-¡Acabáramos!... ¿eso es, eso no más?: -y sin poder contener un gesto de íntima alegría- Me lo figuraba -murmuró, como hablando consigo mismo Genaro.

-¿Cómo?

-Claro, pues -prosiguió tranquilamente, con aplomo-, tenía que suceder, estaba viéndolo venir yo...

-¿Tú?... ¡me habías asegurado que no, sin embargo, me habías dicho que tuviera confianza en ti, que sabías, que harías tú...! ¡qué sé yo!... que viviese tranquila y sin cuidado, que era imposible, en fin...

-Es que lo deseaba, que con todo el ardor de mi alma lo anhelaba... ¿Te parece poca dicha, poca felicidad la mía, ser padre de un hijo tuyo, imaginarme que vas a ser madre y madre de mi hijo tú?


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