En la sangre
En la sangre -¿Mentías entonces, a sabiendas me engañabas?
-¡Oh!, con la más santa de las intenciones mi hijita, sólo por ti, en obsequio tuyo, por no alarmarte, por no asustarte.
Había alzado los ojos sobre él, lo miraba con asombro, con un asombro profundo, como si un velo acabara de descorrerse ante su vista, como si se le revelara otro hombre Genaro en ese instante:
-Pero... ¿y yo?
-¿Crees acaso que no conozco mis deberes, que no he de saber cumplir lo que mi conciencia de hombre honrado me dicta, que soy un miserable yo, algún canalla?...
Estoy pronto a responder como caballero de mis actos; te casarás conmigo, serás mi mujer tú.
Guardó de nuevo silencio ella, de nuevo el llanto bañó su rostro:
-Sabes que hasta derecho tendría para enojarme, para resentirme contigo seriamente, que hasta una falta de cariño podría ver en tu conducta, en tu aflicción, en tus lágrimas... ¡estoy de veras por creer que no me quieres, por lo menos como te quiero yo a ti!...
-¿Qué hacer, mi Dios, qué hacer?
-¿Qué hacer?