En la sangre
En la sangre Cómo hiciese ella, cómo viese de salvarlo y se acusase ella sola, dijese que era ella sola la única ¡culpable, que lo había buscado, provocado... con tal de que tratara en fin de dejarlo de algún modo bien parado, cosa que no fuese el viejo a dar contra él!...
Eso, eso debía hacer; eso tenía derecho a esperar de ella, a exigir de su cariño, si era que en efecto lo quería.
Levantose al aclarar, echó los pasadores a la puerta, cerrada ya con llave. El vaivén de la gente de servicio, el despertar de los otros locatarios, el continuo transitar en la escalera, en los pasillos, todo ese ruido diario del hotel, a que se hallaba desde meses antes habituado, llenábalo, sin embargo, de involuntario terror; tendía el oído azorado y palpitante a cada paso; alguien subía, alguien se acercaba, ¿irían a detenerse y a golpear?
Pensó en comprar un revólver y en echárselo al bolsillo, conforme saliese, allí a la vuelta, en la armería de Bertonnet.
Penetró antes de bajar a una de las habitaciones del frente, acababa su dueño de ausentarse, un mozo la ponía en orden. De allá, arriba, oculto, escondido, estirado el cuello, perfilado el cuerpo espió, registró la cuadra; podía estar esperándolo el otro en la vereda y cazarlo a la salida.