En la sangre
En la sangre Informose del portero si alguien había ido en su busca y atropellado, de prisa, corriendo casi, salió y dobló en la bocacalle.
¿Compraría revólver?... Plata tirada, pensó luego... ¡para qué, si se conocía, si sabía que no iba a hacer uso de él, que era muy capaz de caerse de susto no bien de manos a boca se le apareciese el padre!...
Cruzó la calle de la Piedad, siguió en dirección a la Plaza da la Victoria, miró el reloj: las nueve.
Desde la vereda de la Catedral observó con detención la larga fila de coches de alquiler, quería uno de stores en los cristales.
-Al Retiro, derecho por San Martí -dijo al cochero, y subió.
Bajas, corridas las persianas, todas. ¿Qué habría habido, hasta dónde podía haber ido el bárbaro ése?...
Le pareció como si recibiese al pasar una impresión de luto, como si respirase una atmósfera de muerte, como un sepulcro mudo, helado la casa, y, de súbito conmovido, una palabra de compasión asomó sólo entonces a su labio:
-¡Pobrecita!... -murmuró.- ¡Aunque, no, estúpido, zonzo! Estaba abierta la puerta, las dos hojas, de par en par; nada de lo que se imaginaba podía haber, nada grave, grave en ese sentido por lo menos...