En la sangre
En la sangre La buscaba, la seguía, no le quitaba los ojos él, en la calle, en el teatro, en los paseos siempre, en todas partes lo veía, mostrábase enamorado, perdido, ¡loco por ella el pobre! Ella misma se decía, lo pensaba, lo creía, a la vez que en el halago de su infantil amor propio, movida por un sentimiento de secreta simpatía, que era sólo en el fondo un sentimiento de compasión.
¿Por qué?... porque sí, por seguir, por imitar, en su vano y pueril aturdimiento, el ejemplo de las otras, de sus conocidas de la escuela, de amigas, de primas que tenía, mujeres a los doce años que jugaban a los novios como jugaban a las muñecas.
Sí, bien lo comprendía ahora, como si una venda le hubiese sido arrancada, habíase revelado a sus ojos la verdad, había podido leer en el fondo de ella misma.
Nacido del primer momento de arrebato, mezcla de asombro y de despecho y de repugnancia y de asco a la vez, en presencia del hombre convertido en bestia, un retraimiento instintivo, involuntario, habíala insensiblemente alejado de Genaro. Y no era sólo indiferencia la suya, no era esa indiferencia que empieza donde el desencanto concluye, era algo más, era algo peor, era un encono persistente, un invencible rencor que, harto por desgracia suya lo tenía, en la conciencia que del valor moral de su querido, hora por hora desde la noche maldita de Colón había llegado a formarse, amenazaba convertirse en odio y en desprecio.