En la sangre
En la sangre Pero, ¿era el anhelo de la amante, o era la conformidad de la mujer, el deber imperioso de la madre, la resignación de la víctima?
Sentía un vacío, como un frío en lo íntimo de su alma, en lo profundo de su corazón; no, no lo quería, no, no tenía cariño, nada, ni un poco por él. El remordimiento la obsedía, el pesar de la falta cometida la aquejaba. ¡Oh! ¡si el pasado se olvidara, si pudiera borrarse de la vida como por efecto de la sola voluntad podía cambiar el porvenir, si le fuese, como antes, dado ahora mirar sólo a un ente extraño en su querido, a un desconocido, a uno de tantos en Genaro!...
Pero no, como reatada y presa, hallábase en presencia de lo fatal, de lo irremediable; había sido culpable ella y nadie en el mundo podía hacer que no lo fuese... ¡sí, había sido culpable, día a día, hora por hora, más y más!...
¿Y cómo, por qué había delinquido, cómo y por qué, sin amor, había tolerado, soportado ella que se enseñorease Genaro de su ser hasta consumar el acto torpe de la violencia, hasta llegar a la posesión brutal de su persona?
¿Cómo... lo sabía ella?... Irreflexivamente, sin mínima conciencia de la ligereza con que obraba, incapaz de medir el alcance del peligro a que se exponía.