En la sangre

En la sangre

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Pero reducido a debatirse él mismo en la impotencia, a agitarse estérilmente en las congojas de la duda, en la angustia de la espera, nada le había sido dado hacer en obsequio a ella... nada... Y su hijo, la criatura que Máxima llevaba en sus entrañas, su sangre de él... ¡Ah! podía creérselo, sí, le decía la verdad, se lo juraba, no había vivido en esos días, jamás había pasado, no llegaría nunca a pasar horas tan crueles, momentos tan acerbos de desesperación y de dolor.

Contestaba brevemente, por monosílabos, asentía ella apenas, de vez en cuando, con un ligero signo de cabeza.

Habríasele creído penetrada, penetrada íntimamente, de que le mentía su amante, de la falsedad de las palabras de Genaro, del doblez, de la impostura de sus protestas; se la habría dicho al contemplarla, sombría, abatida y como insensible en su asiento, presa de uno de esos desengaños que dejan hondo surco en la existencia.

Iba a casarse con él, iban a casarla a ella; y bien, sí, se casaría, no decía que no, no se rehusaba, no podía rehusarse, ni quería tampoco. Perdida, deshonrada, en camino de ser madre, la ley social, los hechos mismos, fatalmente, la arrojaban en brazos del padre de su hijo. Por éste, por ella, por su familia, por todo en fin, comprendía, veía la necesidad de que llegase a ser Genaro su marido.


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