En la sangre
En la sangre Sufrirlo primero al otro, cada una de cuyas palabras había sido un bofetón, un latigazo en la cara, una escupida en la frente, tolerar de él en silencio que lo hubiese puesto overo, y como si no bastara todavía, como si aún no fuese suficiente tener que aguantar a la vieja ahora, verse obligado a estar oyendo con una paciencia de santo sus pavadas, los lloriqueos, las jeremiadas de la muy tilinga... ¡Uf!...
Quedáronse solos por fin Máxima y él; no faltaba sino que ésta también empezase a romperle el forro...
Ocupó un asiento junto a ella, sobre el sofá, quiso precipitarse, estrecharla contra su pecho, calorosamente, efusivamente, en un abrazo casto, como ajena en ese instante de él, remota de su mente toda idea de sensualismo. Solícito, amante y cariñoso, pidió saber, informarse, que le dijese, que le contase, cómo debía haber sufrido la pobre... y él... ¡ah! él... no había cesado de pensar en ella un sólo instante, en su china, en su chinita querida. Habría querido tener alas, poder volar, deslizarse como una sombra al través de las paredes, aparecérsele, entrar de noche a su cuarto, estar allí al lado suyo, consolarla, enjugar sus lágrimas, reanimar su espíritu abatido, comunicarle nueva fuerza, infundirle nuevo aliento al calor de sus caricias...