En la sangre

En la sangre

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Aun en el supuesto de que sucediese así; no bastaba, no, no era lo mismo; ni el médico, ni nadie, nada en el mundo, reemplazaba la presencia de la madre en tales casos... Por mucho que la fatal noticia la afectara, por más que quisiese regresar ella volando a Buenos Aires, imposible, no, no se resolvía, cómo había de ser... ¡su hija, Máxima ante todo!...

¿Qué hacer entonces? Acabó su yerno por ofrecerse. Inmediatamente partiría, iría él a la ciudad.

Si bien le era sensible, doloroso en sumo grado separarse de Máxima, en momentos semejantes, no dejaba de comprender, por otra parte, la urgencia de la situación, de explicarse la aflicción de la señora de reconocer la necesidad de que un miembro cercano de la familia, un hijo como era él, se encontrase junto al lecho del enfermo.

Estaba pronto a marchar; lo haría tranquilo y sin temor, dejando a Máxima con la madre, sabiendo que no podía quedar mejor acompañada, mejor cuidada que por ella.

Vería al médico además, de paso por el pueblito, le hablaría, consultaría con él y, en todo caso, lo enviaría, le pediría que permaneciese noche y día, viviendo en la estancia hasta después del parto.

Todo remoto asomo de peligro desaparecía así y costara lo que costara... en cuestiones de salud, poco importaba, nada eran los sacrificios de dinero.


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