En la sangre

En la sangre

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- XXXVII -

 

Dos días después, sin detenerse un instante en el camino, llegó Genaro a Buenos Aires, y llegó tarde no obstante; acababa su suegro de morir.

Acusando en la expresión de su semblante uno de esos sentimientos de profunda pena, de mudo y ensimismado sufrimiento, penetro a la habitación, detúvose frente a la cama, inmóvil largo rato, en recogido silencio, el pañuelo sobre los ojos, oculto el rostro en presencia de otros miembros de la familia que rodeaban el cadáver caliente aún.

Despidiéronse más tarde los que habían asistido al muerto; un hermano, una hija de éste, una tía vieja, otro sobrino de otra hermana.

Volverían a velar el cuerpo en la noche; se brindaron, hallábanse dispuestos a prestar su ayuda, sus servicios, en todo lo que al entierro y demás aprestos de la fúnebre ceremonia se refería, quedando luego Genaro, por razón de la tácita autoridad que su carácter de hija político, de marido de Máxima le atribuía, en posesión de la casa, dueño y solo por fin... era tiempo.

Llamó al hombre de confianza de su suegro, a un pardo viejo, asistente de aquel en sus campañas, y ordenole la entrega inmediata de las llaves, las que usaba, las que tenía costumbre de usar su patrón. ¿Dónde se encontraban? debía saberlo él.


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