En la sangre

En la sangre

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Pero en el cuarto del zaguán, en la salita de recibo de su suegro, era donde debía estar lo gordo, la hueva.

¡Cómo no hubiesen andado los indios por ahí también!...

Llevó luz, se encerró, dirigiose a abrir la mesa de escritorio -un escritorio-ministro, macizo, de caoba. Temblaba al meter la llave; inseguro el pulso, sonaba, repiqueteaba aquella en el silencio de la pieza, chocando al penetrar contra la boca de la cerradura.

Un obstáculo imprevisto luego de poder abrirlo detuvo; no cedían los cajones superpuestos en el interior del mueble; inútilmente tironeaba, forcejeaba, y, curioso... no se veía que tuvieran llave... debía haber algún secreto, era indudable, ¿pero cuál?

Tomó, a fin de alumbrar mejor, la vela del candelero y encorvado el cuello, agolpado el flujo de su sangre, a uno y otro lado, hacia arriba, hacia abajo, hasta el fondo, trabajosamente alargaba, introducía la mano. Había de dar, lo tenía clavado entre las cejas, se había encaprichado, había de encontrar, y se empeñaba, se obstinaba, se enardecía, no sin repetidas veces, con una emoción malsana de ladrón, volver azorado la cabeza creyendo oír ruidos, ver cruzar sombras, escuchar que llamaban a la puerta y la empujaban.


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