En la sangre
En la sangre ¡Los pobres!... ¡Mucho se lo iban a agradecer los pobres... ni mucho le importaba de los pobres... con tal de poder fregarlo a él... viejo crápula, ruin, ladrón!...
Y, obedeciendo a un instantáneo y ciego movimiento de despecho, disponÃase ya Genaro a destruir el testamento, a hacer añicos el papel, cuando, trazadas allá, en lo bajo de la página, dos solas lÃneas fijaron su atención:
«Queda otro de idéntico tenor en la oficina del escribano Cabral.»
Fue como si se le hubiese, de golpe, acalambrado la mano.