En la sangre
En la sangre
Una primera, una segunda vez, luego tres, cuatro veces halló a Máxima dispuesta, pronta a acceder a los deseos por él manifestados.
Sin observación alguna ni reservas, sin indagar, sin saber a punto fijo, sin idea clara del alcance de sus actos, buenamente escribÃa ésta su nombre, prestaba a ciegas su firma.
Papel sellado, rúbricas, escribanos, testigos.
Nada comprendÃa ella de todo eso, ni hacÃa por comprender, ni le interesaba tampoco.
¿Qué podÃa importarle un puñado de dinero a trueque de que la dejara en paz, de que la librase de su presencia Genaro? SÃ, que para nada se ocupase, que nunca llegase a acordarse de ella él, como si ni existiese en el mundo tal mujer, vivir tranquila, retirada y sola era lo único que pedÃa, lo que sà entendÃa que fuese asÃ, lo que sà exigÃa de su marido.
¡Con tal de tener a su hijo allÃ, a su lado, de que el cielo se lo conservase!...
