En la sangre

En la sangre

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- XLIII -

 

Como ve el animal desbocado que corre a estrellarse contra un muro, va y se estrella, así y no obstante sus solemnes juramentos, acudió Genaro a su mujer en demanda de nuevas sumas de dinero:

-¿Pero dime, qué no tienes ni pizca, ni un poquito de vergüenza tú, ni una gota de sangre en las venas... y te atreves, después de lo que has hecho, a venir a verme todavía y a pedirme?...

-¿Qué sucede, qué pasa hija, di, a asunto de qué me sales a mí con eso?

-¿De qué? ¡de todo, de tus embrollas, de tus enredos y ruines trapisondas, de tu última hazaña, sobre todo, de la conducta pérfida que conmigo has observado, de la iniquidad que has cometido arrancándome lo que, como un estafador vulgar, como un bribón me has arrancado!

-¿Qué, sabes, te han dicho? Y bien, sí, es cierto, he faltado, me he conducido muy mal, lo confieso, te he engañado... pero también ponte en mi caso tú... ¿qué querías que hiciera, qué habrías hecho tú misma en mi lugar?

-¿A mí me lo preguntas?


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