En la sangre

En la sangre

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¿Cómo serían los maestros? Había oído que lo primero que se enseñaba era latín; ¡para lo que le importaba el latín a él!... ¿Qué otros muchachos iría a haber? Una punta de orgullosos, sin duda, que lo mirarían en menos y se creerían más que él... Alguna le iban a armar, era seguro, alguna historia, alguna agarrada a trompadas iba a tener de entrada no más. Habían de querer probarlo largándole de tapado algún gallito.

Insensiblemente, cavilosos ambos, llegaron así después de largo rato de camino, a la plazoleta del Mercado, se detuvieron frente a la Universidad en cuya puerta, mostrando un grueso manojo de llaves colgado de la cintura, estaba de pie el portero, un gallego ñato de nariz y cuadrado de cabeza.

Tímidamente, acercósele la viuda y en voz baja, desde la vereda, dirigiéndose a él y llamándolo Señor, lo impuso del objeto que la llevaba:

-Allí -limitose a hacer el gallego secamente, indicando con un gesto de sus labios la puerta de entrada a la Secretaría, la primera puerta a la izquierda.

Bajo, grueso, rechoncho y como por error metido en una levita negra en vez de vestir sotana, trabajaba el secretario entre un cúmulo de libros y papeles, papeles viejos, legajos, libros grandes, como a guisa de libros de comercio.


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