En la sangre

En la sangre

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Abandonó su asiento al ver entrar a la viuda, se apresuró a atenderla, comedido, movedizo y locuaz, con una locuacidad sonriente y falsa de jesuita:

-Es de práctica, mi buena señora, que los jóvenes sufran, como paso previo, un examen de gramática castellana, sin cuyo requisito indispensable me vería, muy a pesar mío, en el caso de no poder otorgar matrícula a su hijito.

Precisamente atinaba a pasar el profesor de primer año, un hijo del país, zambo, picado de viruelas y vestido de levita color plomo:

-¡Catedrático! -exclamó el empleado al verlo, avanzando algunos pasos e interpelándolo alegremente, en un tono de compañerismo amable.- ¿Quiere tener la bondad de permitir?... Un minuto, nada más.

Se trataba de examinar al niño; con el objeto de abreviar, podía hacerlo en ese mismo instante; a lo que el otro accedió declarando a Genaro en estado de ingresar al aula desde luego, por haber sabido contestar que pronombre era el que se ponía en lugar del nombre.

Afuera, en el ancho y profundo claustro, cuyos pilares, enormes, se enfilaban bajo la masa aplastada de las paredes, como piernas de gigante en el cuerpo de un enano, los estudiantes esperando la hora se paseaban, estacionaban en grupos, hablaban, peroraban, discutían, juntos los de la misma clase.


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