En la sangre
En la sangre Había grandes, había chicos, bien vestidos, otros pobres, acusando una pobreza franciscana en sus personas, de ropa lustrosa en los codos y agujeros en las rodillas.
Habían salido varios al patio, habíanse puesto a «pulsear» sobre el brocal del pozo, o bien hacia el otro extremo, frente a la escalera del museo, distraía su tiempo uno que otro en fumar cigarrillos de papel, a caballo sobre huesos de ballena acá y allá dispersos por el suelo, semejantes a alguna monstruosa vegetación de enormes hongos que hubiesen brotado entre las piedras.
De pronto sonaba un grito, ahogado, tímido, solo desde un rincón; ya el maullido de un gato en celo, un canto de gallo o el ladrido ronco de un mastín.
Luego, de nuevo se hacía el silencio, un silencio hosco, solemne, preñado de amenazas como el que en un día de combate precede al estampido del cañón, y un áspero rumor se sucedía, subía un gruñido de fieras enjauladas, crecía, aumentaba, abultábase poco a poco, redoblaba de violencia, arrancaba de mil pechos a la vez, acababa por romper en un alarido de indios, inmenso, infernal, atronador, rebotando en las paredes con la furia de un viento de huracán.
Era que la silueta del bedel aparecía, que cruzaba éste el vasto patio, deslizábase a lo largo de los claustros, malo, viejo, flaco.