En la sangre
En la sangre Con mano airada, de un tirón calábase la visera, encasquetábase la eterna gorra de paño gris hasta llevar dobladas las orejas; y un coro de maldiciones y reniegos se adivinaba entre los pliegues filosos de su boca, y en sus ojuelos verdes de bruja, desde el fondo del doble pelotón de arrugas de sus párpados, un resplandor siniestro de llama de aguardiente centelleaba.
-¡Canallas, muchachos miserables... muchachos cachafaces!...
Ceñudo, torvo, provocante, mas no sin que, al través de sus aires postizos de matón, dejara de apuntar una sombra de recelo, con la andadura oblicua de un lobo que cruzara por entre perros atados, dábase prisa a seguir, a llegar al otro extremo, a sustraerse de una vez a los desbordes del torrente popular que amenazaba anonadarlo, buscando asilo en el refugio seguro de alguna puerta hospitalaria.
Y todo tornaba entonces a su quicio, las formidables iras se acallaban, la calma como por encanto renacÃa, una atmósfera reinaba de paz y de concordia. Era el rayo portentoso en la serena placidez de un dÃa de sol...
Los de primer año de latÃn, sin embargo, acababan ese dÃa de entrar a clase. PoseÃdo de instintivo encogimiento, intimidado y confuso, buenamente redújose Genaro a ir a ocupar uno de los últimos asientos, solo en un banco de atrás, junto a la puerta de entrada.