En la sangre
En la sangre Quiso, desde luego, darse cuenta, seguir el curso de la lección, hizo por comprender, para eso habÃa ido él. Imposible; por turno, a un llamado del maestro y poniéndose de pie, hablaban los otros una cáfila de cosas que él no entendÃa y que seguramente debÃan ser cosas en latÃn.
¡Cómo estarÃan de adelantados, cuando lo sabÃan asà y cuánto tendrÃa que estudiar él para alcanzarlos!
Pero cansado, fastidiado a la larga, distraÃda su atención, impensadamente, en una mirada errante, alzó los ojos. La bóveda del techo, blanqueada a cal, mostraba una rajadura en el centro, larga, corrÃa de un extremo a otro. Por las dos grandes ventanas que provistas de barrotes gruesos de hierro, en la profunda oblicuidad de la pared alumbraban desde lo alto, alcanzábase a divisar la mancha negra de un tejado. Observó Genaro que eran muchos los vidrios y pequeños; vio que estaba comido el marco por la polilla.
Con gesto maquinal, paseó enseguida la vista en torno suyo. TenÃan los bancos profundas incisiones: desvergüenzas de los estudiantes, cortajeadas en la madera con ayuda de sus navajas de bolsillo; otras escritas o garabateadas con lápiz en la pared, a la altura de la mano; insolencias, injurias contra maestros, versos en boga, canciones sucias, de ésas que suelen andar de boca en boca en las eternas corrientes de la humana estupidez.