En la sangre
En la sangre Para de noche asimismo solían apalabrarse, los más grandes, los más «platudos», los más «paquetes». Asistían a los teatros, negociando entradas que Genaro, de segunda mano se encargaba de «agenciarles». Preferían el Argentino, donde una compañía de bufos se exhibía, para salir «dándose tono», contando que «andaban bien» con las cómicas francesas. Tenían anteojo, pellizcándose la cara, entre el labio y la nariz, clavaban la vista en la cazuela, fumaban en los entreactos cigarrillos pectorales, se «convidaban» entre ellos a «tomar algo» en la confitería, afectando cada cual ser el primero en darse prisa a pagar.
Y no era extraño después, entre las sombras ambiguas de la calle del 25, como bultos de ladrones que se escurren, verlos deslizarse a lo largo de las paredes, desaparecer de pronto en una vislumbre humosa, tras una puerta de cuarto a la calle habitado por alguna china descuajada.
Pero, aun en medio de los placeres de esa vida libre y holgazana, no dejaba de tener Genaro horas de amargo sufrimiento. Una herida a su amor propio, honda, cruel, fue a despertar el primer dolor en el fondo de su alma.